La provincia de San Juan, históricamente bautizada como «El Granero del Sur», se encuentra hoy en una encrucijada que define no solo su futuro, sino la seguridad hídrica y ecológica de toda la nación. La intención de la empresa GoldQuest de explotar el proyecto «Romero» ha encendido una chispa de rechazo que hoy se convierte en una sola voz: San Juan es agricultura, y su agua no tiene precio.
El mayor peligro radica en la ubicación de este yacimiento, situado en la zona de amortiguamiento de la Cordillera Central. Tocar las entrañas de estas montañas es jugar con el corazón hídrico de la isla. Los daños potenciales son incalculables: deforestación masiva, contaminación por metales pesados y, lo más grave, la posible sedimentación y toxicidad de las aguas de la presa de Sabaneta. Si el río San Juan se contamina, muere el Valle de San Juan.
La memoria histórica de la República Dominicana no permite el optimismo. La experiencia en Cotuí es una cicatriz abierta que nos recuerda que, mientras las multinacionales reportan beneficios récord, las comunidades locales heredan pasivos ambientales, suelos degradados y una dependencia económica que desaparece cuando se agota el mineral. Otros proyectos en el país han dejado un rastro de promesas incumplidas y ecosistemas heridos que el Estado, con dinero del contribuyente, termina tratando de sanar.
Existe, además, un velo de profunda desconfianza sobre la transparencia del Estudio de Impacto Ambiental que realiza la GoldQuest. ¿Puede un estudio financiado y gestionado por la propia empresa interesada ser verdaderamente imparcial? La sociedad sanjuanera duda, con razón, de resultados que minimizan riesgos en una geografía tan sensible y vital para el consumo humano y el riego agrícola.
En términos económicos, el argumento de la minera palidece ante la realidad. San Juan aporta significativamente al Presupuesto Nacional a través de su producción de granos, lácteos y vegetales, siendo una columna vertebral de la soberanía alimentaria dominicana. Los beneficios proyectados por la explotación de oro son temporales y apenas una fracción en comparación con la riqueza renovable y sostenible que genera la tierra año tras año.
Hoy, San Juan se presenta unido. Iglesia, gremios agrícolas, asociaciones comunitarias y ciudadanos de a pie han formado un frente común. El mensaje es claro para el Gobierno y para la empresa: el desarrollo no puede ser sinónimo de destrucción. La riqueza del Sur está sobre la tierra, en sus surcos y en sus ríos, no enterrada en un metal que solo enriquece a pocos mientras hipoteca el futuro de todos.
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