La noticia se repite con una frecuencia que debería avergonzarnos como sociedad: un recién nacido hallado en una funda de basura, en un solar baldío o a las puertas de un centro asistencial. Cada vez que leemos un titular sobre un infante abandonado en el país, no estamos solo ante un suceso policial; estamos ante el síntoma más desgarrador de un fracaso estructural, ético y humano.
El abandono de un recién nacido es, casi siempre, el desenlace trágico de una cadena de exclusiones, miedos y carencias donde la víctima final —el bebé— y la víctima inicial —la madre— se encuentran en una encrucijada sin salida.
No podemos hablar de abandono neonatal sin abordar la crisis silente del embarazo en adolescentes en nuestro país. República Dominicana sostiene una de las tasas más altas de embarazo temprano en la región, una realidad que no es una coincidencia, sino el resultado de un sistema que falla en proteger a sus niñas.
Cuando una adolescente queda embarazada, a menudo se enfrenta a un abismo: el estigma social, la precariedad económica y el miedo paralizante.
El abandono no nace del odio, sino del pánico extremo. Es la reacción desesperada de una adolescente que no ve otro camino para seguir adelante que deshacerse de la evidencia de su «error», una evidencia que, para ella, representa el fin de su propia vida tal como la conoce.
El abandono no es un acto aislado, sino el resultado de factores que hemos normalizado como sociedad: educación sexual deficiente, cultura del silencio, desprotección institucional y la soledad del parto.
La indignación no es suficiente; se requieren políticas públicas agresivas y una reestructuración de nuestro enfoque social: implementación real de educación sexual integral, creación de refugios de esperanza, programas de entrega segura, redes de apoyo comunitario y salud mental perinatal.
La República Dominicana no puede llamarse una nación desarrollada mientras su infancia más vulnerable sea tratada como un desecho. El abandono de un recién nacido es el reflejo de una sociedad que ha dado la espalda a sus jóvenes y, en consecuencia, ha dejado de proteger a sus hijos. Es hora de dejar de mirar hacia otro lado y construir una red de seguridad que, al menos, ofrezca una alternativa a la desesperación.
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