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Los conflictos endémicos

 

Los conflictos sociales generalmente surgen entre dos partes antagónicas, las cuales pudieren resolver el impasse entre menos particulares intervengan. Los actores son los que verdaderamente conocen todo lo relacionado a los conflictos, por tal razón, corresponde a éstos evitar que otros se involucren en esos asuntos. Quienes pueden negociar, modificar, adjudicar y aclarar los conflictos son esos que están envueltos y son a los que atañen o perjudican. De ahí que, se debe determinar cuáles son las partes en conflictos, y ellos poner límites a sus alrededores de los conflictos.

Los que se entrometen en los conflictos, con frecuencia, conllevan a agrandarlos complicando la situación. Estos, aunque aparentan ser parciales, en realidad no lo son; pues, la imparcialidad es sumamente difícil. Evitar y mantener lejos a los intrusos es el mejor remedio de los conflictos. Sí, hay buenas opiniones y personas que pudieran aportar a las soluciones, pero ¿lo harán sin buscar algún beneficio? Eso es casi imposible, ya que los que se entrometen pueden también buscar sus ventajas. Por tanto, nadie debe opinar sobre asuntos que no les competen, más bien, traten de mantenerse lo más alejado posible.

Los conflictos en sí, son productos de las luchas de intereses, más que por situaciones reales. Una guerra, no es más que un poder quiere imponerse o se impone sobre la debilidad del otro. Los débiles generalmente no hacen guerra, a menos que se estén asfixiando. Por eso, es importante que el mundo invente reglas claras, definitorias y garantes del bien general y particular. Sólo así, podrá evitarse el nacimiento de conflictos innecesarios, improductivos, destructivos y permanentes. Los conflictos son generados por la humanidad, y ellos mismos generan otros conflictos cuando no son solucionados.

Las repúblicas, generalmente son gobernadas por tres poderes, aceptadas esta realidad, de inmediato debe haber una definición real y aplicable. Los poderes no pueden ser independientes, autónomos y garantes de sus determinaciones a menos que sean elegidos directamente por el pueblo, y en elecciones separadas; con leyes claras, obligatorias y punibles.

Los electos por las influencias de otros poderes, siempre responderán a los intereses de quienes los llevaron a ser electos. Por eso, no es aconsejable la modificación de la Constitución, para ser aplicada durante el período de quienes la modifican.

Los conflictos de poderes son los causantes de un estado de pobreza extremo, por eso, nuestros países han vivido empobrecidos. No así en los países bien organizados, cuyos poderes son independientes, autónomos y garantes de los derechos, pero a la vez, de los deberes del ciudadano y la persona jurídica. Por tanto, un conflicto, puede ser el resultado de los choques entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto; es decir, son la evidencia de las contradicciones internas.

Siempre habrá conflictos, porque éstos surgen por la inter- relaciones sociales, ya sea por las diferencias intelectuales, culturales, religiosas, económicas, entre otras. Sin embargo, sus presencias son debido a que no se han tomado medidas justas ni transparentes. Una generación recibe de las anteriores las semillas de los conflictos, o los conflictos en sí. Nuestra generación debe ser responsable, para corregir los entuertos que hay, evidenciando que amamos a las futuras generaciones. Una generación de valores morales y espirituales, genera otra similar. Pero desgraciadamente, los anti- valores que dominan la sociedad en la actualidad y al mundo, no son loables.

Durante siglos los conflictos religiosos anduvieron de cónyuges de los conflictos políticos, eso hizo posible las divisiones de las naciones en grupos políticos afines, pero a la vez, la imposición religiosa de los países. Los países llamados cristianos, no son productos del cristianismo en sí, sino de la alianza política vencedora, pero lo mismo sucede con las demás religiones que dominan el mundo.

Por tanto, es necesario e impostergable que estemos claros en esto. No es posible un mundo sin política, pero a la vez, sin religión. Sin embargo, la religión debe ser separada de la política y la política de la religión. Pero, sí, ambos conviviendo juntos y libres.

Jesucristo no quería una religión de Estado, pero sí, una religión, el cristianismo, en el Estado. Por eso dijo ante Poncio Pilato: «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí» Jn. 18:36.

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