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Relato de mi osadía con Fidel Castro

La entrevista fue publicada en el desaparecido semanario Tribuna, para el cual laboraba en esa época

 

¿Y tú, cómo te colaste aquí? Esa pregunta de Fidel Castro a mí no era solo curiosidad. Era una prueba. Estábamos en una reunión privada de jefes de Estado, el 21 agosto de 1998, durante la cumbre regional de presidentes y jefes de Estados celebrada en Santo Domingo.

Yo no debía estar allí. Los periodistas no teníamos acreditación para ese espacio. Pero llegué desapercibido hasta el primer mandatario cubano de ese entonces, en medio de la fortaleza de su seguridad, incluso con fuertes perros amaestrados.

No respondí con palabras a la pregunta de Castro. Me acerqué. Castro, con reflejos de hombre formado en la guerrilla, me apretó con fuerza la muñeca donde sostenía la grabadora. A su alrededor, la incomodidad era evidente. Entre los presentes estaba Euclides Gutiérrez Félix, quien fungía como su edecán. La seguridad, tanto cubana como dominicana, ya entendía que algo se había salido del libreto.

Entonces ocurrió lo inesperado. “Déjenlo, ya que está aquí”, dijo Fidel, en un aparente reconocimiento a mi audacia. Aquella frase fue, al mismo tiempo, una concesión y un reclamo silencioso a su equipo de seguridad, que terminaría sancionado por mi irrupción. Yo hice lo único que había ido a hacer: preguntar.

La primera pregunta fue suave, casi protocolar: su opinión sobre el cálido recibimiento del pueblo dominicano. La respondió con soltura, destacando la hermandad entre los pueblos latinoamericanos.

La segunda fue directa, una recta adentro: el tema de elecciones libres en Cuba. Esta vez, esquivó. Contestó con una evasiva, refugiándose en la idea de que cada proceso tiene su tiempo. En términos periodísticos, la dejó pasar.

Mientras hacía las preguntas, un agente de seguridad intentaba sacarme prácticamente levantándome por el cinturón. El momento era tan tenso como breve. No hubo entrevista formal. Fueron apenas dos preguntas en un lugar donde no se admitían preguntas.

Ese instante, fuera de protocolo y sin concesiones, reforzó una convicción que me acompaña desde reportero: el periodismo no siempre encuentra puertas abiertas. A veces hay que tocarlas. Otras, empujarlas. Y en ocasiones, simplemente cruzarlas sin pedir permiso, como lo hice aquella vez.

No se trata de irrespetar normas por impulso, sino de entender que la verdad rara vez habita en los espacios cómodos. Casi siempre está donde alguien decidió no quedarse afuera.

Años después, más que una anécdota, lo veo como una lección de oficio. En tiempos de declaraciones preparadas y entrevistas condicionadas, conviene preguntarse cuánto estamos dispuestos a arriesgar por una pregunta auténtica, que trascienda más allá del momento.

La entrevista fue publicada en el desaparecido semanario Tribuna, para el cual laboraba en esa época, bajo la dirección de José Báez Guerrero, quien recordó esta historia en su columna Día a Día, del periódico El Día, el 28 de noviembre de 2016.

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