En un 99.9 por ciento las elecciones del domingo serán ganadas por uno de los tres primeros candidatos presidenciales y la restante milésima se otorga a los otros dos postulantes, como también sería casi imposible que se repita en ese evento el episodio del 16 de febrero de este ano.
Al finalizar desde hoy el toque de queda se completa la abrupta desescalada hacia la nueva normalidad que ha traído consigo notable incremento en los contagios por COVID-19, pero también abre compuertas para una intensificación del proselitismo al acostarse la paloma.
Se percibe el presuroso afán de muy influyentes sectores económicos en construir un carrusel tirado por corceles de sus propios intereses para acarrear la percepción ciudadana hacia el nicho electoral de su preferencia, lo que sería igual a un adulto en loca carrera con un niño tomado de la mano.
Ante ese intempestivo cuadro de presión electoral, el presidente Danilo Medina exhortó a la militancia del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), a defender el voto como propia vida, y proclamó que en cualquiera de los escenarios presentados por abruptas encuestas, Gonzalo Castillo ganaría las elecciones.
El presidente del partido que se cobijaría en ese edificio de percepción, advirtió que los resultados electorales deben corresponder a los resultados de esas encuestas, con la consiguiente amenaza de lo que ocurriría si el vaticinio no se cumple a pie de letra.
Atrás quedaron las denuncias de que el Gobierno mantiene secuestrada o de que impone terror a la población, porque desde hoy comienzan los bailables, sin importar un posible rebrote de la pandemia con su secuela de contagios y decesos. El propósito siempre fue el de canjear muertos por votos.
No se niega el poder casi omnímodo de esos los sectores que pretenden suplantar al liderazgo político opositor para comandar las tropas que escoltaran al carrusel de una percepción construida con saliva y hojas de papel, pero olvidan que se enfrentan a un conglomerado partidario bien entrenado en temas electorales.
Luis Abinader y Leonel Fernández pueden recibir el voto mayoritario de los electores, pero en esa canasta de posibilidades se incluye también a Gonzalo Castillo, bajo la bíblica premisa de que quien gano, gano y quien perdió, perdió, sin que ningún hijo de David use su poder para levantar polvaredas mediáticas.
Esos sectores influyentes, que son presentados como innominados o invisibles, aprovechan la coincidencia de elecciones y COVID-19 para obligar al liderazgo político a canjear espejitos por oro, o para castigar el atrevimiento del Gobierno de construir a Punta Catalina que atenta contra los intereses de un oligopólio.
El problema no es quien ganara las elecciones, sino el temor a lo que pueda ocurrir el día después si perdedor no reconoce su revés o si dioses del olimpo económico desatan su ira y perturban con rayos y centellas los cielos de la democracia. Aun así, creo que será una modélica consulta cívica.
