Por Félix Caraballo
Santo Domingo Este._ Las lluvias provocadas por la reciente vaguada y onda tropical han vuelto a desnudar una herida abierta en este municipio: las inundaciones crónicas que afectan a cientos de familias, comercios y centros educativos.
Lo que para algunos es una molestia pasajera, para los residentes en sectores como Lotería de Savica y Juan Pablo Duarte es una amenaza constante. Se trata de una deuda social que las administraciones gubernamentales han acumulado por décadas.

Los testimonios que circulan en medios de comunicación y redes sociales evidencian las precariedades que enfrentan los munícipes. Junior Florián, comerciante del barrio Lotería de Savica, lo resume con frustración.
“Se fue el cañero, se fue el músico, ahora está Dio (Astacio); que haga algo por una solución final. Esta calle Penetración tiene varios años en esta condiciones, afectando a más de 100 familias”, dijo.
Su testimonio refleja no solo el abandono institucional, sino también el desgaste emocional de una comunidad que ha aprendido a convivir con el lodo, la pérdida de ajuares y el miedo que trae cada temporada de lluvias. Comercios paralizados, colegios en riesgos y centros de cuidado infantil expuestos a peligros sanitarios, son parte del paisaje cotidiano.
Otro caso es el de Julio Aníbal Martínez, del sector Juan Pablo Duarte. Él testifica que llevan más de 25 años esperando una intervención seria al problema de los filtrantes. Aunque el Ayuntamiento de SDE ha iniciado trabajos antes del paso de la tormenta Melissa, considera que avanzan muy lentamente, a pesar del tiempo que lleva la problemática.
Situaciones como las del barrio Lotería de Sávica, Juan Pablo Duarte, Los Trinitarios, la calle 4 de Agosto, en San Vicente de Paúl, la Maternidad de Los Mina, el Brisal, Invivienda, el residencial Frayra II, en la entrada de La Toronja y sectores como Mi Hogar, se han convertido con el tiempo en zonas intransitables.
Las calles se inundan por el estancamiento de los filtrantes, evidenciando problemas acumulados por gobiernos y administraciones locales.
El pastor Eduard Matos, con más de cinco años residiendo en Frayra II, lo describe como un desastre: “las calles se inundan y nadie acude al auxilio de los condómines. Ni el ayuntamiento, ni los empresarios de los parques de zona franca, ni los comerciantes, se duelen de la problemática. Que Dios nos ampare”.
Calles convertidas en ríos
Las recientes precipitaciones inundaron vías comerciales claves como la avenida San Vicente de Paúl, la calle Puerto Rico, la carretera Mella, la autopista Coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez y la avenida Charles de Gaulle. Estas, esenciales para la movilidad del municipio, se transformaron en trampas acuáticas, afectando el transporte, el comercio y la vida cotidiana.
Santo Domingo Este, bautizado como la “Ciudad del Faro” en honor al emblemático monumento a Colón, parece vivir entre luces y sombras. Mientras se promueven proyectos de desarrollo urbano y turístico, las cañadas sin canalizar, los drenajes obstruidos y la falta de planificación territorial siguen siendo el pan de cada día para sus habitantes.
La acumulación de esta deuda social no es solo hidráulica, sino ética. ¿Cómo justificar que en pleno siglo XXI haya comunidades que pierden sus pertenencias, su salud y su dignidad cada vez que llueve?
¿Qué se necesita?
La Intervención estructural: Obras de drenaje pluvial, canalización de cañadas y reubicación de zonas vulnerables. Voluntad política, más allá de promesas, se requiere una política pública sostenida y transparente.
La participación comunitaria: Las soluciones deben construirse con las voces de quienes viven el problema. Y la fiscalización ciudadana, juntas de vecinos, iglesias, medios de comunicación, líderes comunitarios y religiosos, deben mantener la presión sobre las autoridades, promoviendo el sentido de pertenencia y el bien común.
En resumidas cuentas, las inundaciones en Santo Domingo Este no son solo un fenómeno climático, sino un síntoma de abandono institucional. La “Ciudad del Faro” necesita más que luz simbólica, requiere justicia hidráulica, planificación urbana y compromiso político, porque cada gota que inunda sus calles, también erosiona la confianza ciudadana.
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