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De funditas y mosquitos

 

Para quienes nunca han sufrido la picadura de un  mosquito resulta difícil  entender lo que en términos político significa pobreza, como tampoco pueden asimilar la acepción “fundita”,  que usan a su mejor conveniencia electoral, unas veces a favor y otras en contra.

Alguien  dijo algo así  como “que el cambio va, a pesar de las funditas”,  sin haber  interactuado jamás con los núcleos poblacionales sometidos a la exclusión, indigencia y vulnerabilidad, por lo que no se sabe que entiende esa persona por “cambio”.

Distribuir miles de raciones alimenticias entre familias pobres no atenta contra ninguna presunción de cambio político, porque se trata de un programa oficial que enfrentan las consecuencias de una emergencia sanitaria que obliga al confinamiento familiar y, por tanto, reduce la posibilidad de conseguir sustento diario.

La pobreza es una condición social y económica derivada de  sistemas políticos que promueven privilegios y cierran compuertas a la igualdad de oportunidades,  cuadro de injusticia que no combatiría gente que  nunca se han vinculado siquiera en sueño con los anhelos  de redención de los pobres.

La campaña electoral para las elecciones del 5 de julio  coincide con la propagación a nivel global del COVID-19, una pandemia que ha causado más de 300 mil muertos, millones de contagiados y descalabro de la economía mundial, por lo que condicionar expectativas de cambio con prohibir las funditas es una tontería.

Partidos y candidatos deberían entender que  la población  atraviesa por un periodo difícil provocado por la pandemia, por lo que, en vez de promesas u ofrecimientos tintados de quimera y demagogia, deberían acompañarla en este viacrucis, donde no es pecado distribuir funditas ni ayudar a mitigar necesidades urgentes.

Desde muy altas poltronas  económicas se habla peyorativamente de “las funditas”, sin que esos nuevos redentores puedan llegar a entender lo  que significa convocar cada viernes en escuelas públicas a padres y tutores para que  recojan la ración semanal de alimentos básicos que ofrecerán a sus hijos.

Los principales partidos y candidatos suelen distribuir funditas costeadas con dinero público que obtienen a través de la Junta Central Electoral (JCE), con el  ánimo quizás de mitigar hambre, pero también para garantizar adhesiones o votos favorables pero, como para guardar las apariencias, critican la labor clientelar que atribuyen a sus rivales.

No debería olvidarse que la crisis  bancaria de 2002-2004 provocó que un millón 400 mil personas se precipitarana la pobreza moderada y pobreza extrema,  dato que ignoran  allegados a boletas electorales, que tampoco saben que en 15 años de crecimiento económico la mayoría de esos dominicanos retornaron a los sitiales extraviados.

Debe llegar el día cuando no haga falta  distribuir funditas por necesidad ni por demagogia, pero aspirantes a puestos electivos  deben entender que  en estos momentos aciagos se requiere acompañar a la población y ayudarla a sobrellevar tan pesada carga. El ejercicio de la política no puede ser  fruto de un capricho como cuando se  anhela un buen perfume.

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