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Izquierda tuerta y apocalipsismo desenfocado

Cuando el Estado absorbe al individuo, las etiquetas de izquierda o derecha se vuelven superficiales

 

La historia rara vez se pliega a los guiones ideológicos que los analistas redactan desde sus escritorios; por el contrario, suele dejar al desnudo la fragilidad de nuestros discursos frente a la contundencia de los hechos. Lo que hoy presenciamos con Irán no es un simple episodio de tensiones geopolíticas, sino una confrontación profunda entre modelos de civilización y visiones opuestas sobre la dignidad del individuo.

En este escenario, resulta imperativo denunciar la miopía de una «izquierda tuerta» que observa con rigor las fallas de las democracias liberales, pero guarda un silencio cómplice ante los abusos de regímenes totalitarios que se disfrazan de antioccidentales. Esta corriente repite el error del siglo XX, fascinada por estructuras donde la libertad se subordina al poder del Estado religioso, ignorando que la principal víctima de la teocracia de Khamenei no es Occidente, sino el propio pueblo iraní que muere en las calles exigiendo dignidad.

Desde la sociología política, entendemos que cuando el Estado absorbe al individuo, las etiquetas de izquierda o derecha se vuelven superficiales: el ciudadano deja de ser sujeto para convertirse en objeto del poder. Frente a esta patología del control, Israel surge como una singularidad democrática en la región, una estructura institucional que, pese a sus imperfecciones, garantiza la libertad religiosa y el dinamismo civil que las teocracias asfixian.

Ante la retórica de exterminio del régimen iraní, la teología debe recuperar la seriedad de la «guerra justa» planteada por Agustín de Hipona y Tomás de Aquino. La fe no debe ser un pacifismo ingenuo que ignore la realidad del mal político; cuando un poder amenaza con destruir a un pueblo, la defensa se transforma en una obligación moral.

Este conflicto, sin embargo, no debe ser leído bajo la lente de un pánico irracional. La guerra del siglo XXI, dominada por la inteligencia artificial y ataques de precisión, dista mucho de las conflagraciones de masas del pasado. Por ello, es necesario interpelar a esa «iglesia confundida» (grupos apocalipsistas) que interpreta cada crisis como una señal inmediata del fin del mundo. Jesús fue explícito al advertir que habría guerras y rumores de guerras, pero añadió con claridad que «aún no es el fin». Los conflictos son realidades de un mundo caído, no necesariamente el cierre de la historia, y confundirlos con el Armagedón es una irresponsabilidad que nos hace perder de vista las oportunidades que Dios abre en el presente.

Tal como Dios utilizó al rey Ciro para abrir una nueva etapa de libertad para su pueblo, los cambios actuales en el Medio Oriente —potenciados por acuerdos de cooperación entre Israel y naciones árabes— podrían ser el preludio de una reconfiguración regional sin precedentes. No estamos ante el final del mundo, sino  ante el inicio de un capítulo histórico que facilite la libertad religiosa y la misión cristiana en tierras antes cerradas.

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