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La democracia más allá del ruido

El verdadero civismo consiste en reconocer que la democracia se sostiene en un delicado equilibrio

 

En toda democracia madura, la protesta ciudadana es un derecho fundamental legítimo y necesario que les permite a las personas expresarse libremente desacuerdos o simplemente denunciar dentro del contexto de libertad de expresión.

Sin embargo, ese derecho que confiere la Constitución artículo 48, no puede confundirse con la potestad de dictar sentencias ni con la facultad de sustituir a los jueces. La justicia, para ser justicia, debe ser ajena a sesgos y favoritismos, basando sus decisiones únicamente en hechos y derecho, garantizando así la equidad y la credibilidad del sistema, debe ser independiente, imparcial y regirse por pruebas, no por pancartas.

El verdadero civismo consiste en reconocer que la democracia se sostiene en un delicado equilibrio: la ciudadanía fiscaliza y exige, pero los tribunales deciden conforme a la ley. Cuando ese equilibrio se rompe y la presión popular pretende sustituir al debido proceso, no se fortalece la democracia, se debilita.

La experiencia histórica demuestra que cuando las sociedades se dejan arrastrar por el populismo penal, terminan debilitando la credibilidad de sus instituciones. Lo que en principio surge como una demanda legítima de justicia puede degenerar en simple espectáculo, y aquello que debería ser un proceso serio y garantista se convierte en una representación teatral.

Por eso, más que protestar contra decisiones judiciales específicas, el reto es educarnos en el respeto a los procedimientos, en la paciencia que exige la verdad y en la convicción de que la justicia no puede ser rehén de la coyuntura.

La democracia no se valida por la intensidad de las consignas, sino por la confianza en sus instituciones y el respeto a los procesos que garantizan justicia y equidad. Como lo expresara el periodista y ensayista francés, Albert Camus: «La democracia no es la ley de la mayoría, sino la protección de las minorías».

El civismo, como conjunto de comportamientos, valores y actitudes, nos llama a ser vigilantes, sí, pero también responsables y pensar de manera sabia y prudente. A exigir transparencia y rendición de cuentas entre gobernantes y gobernados, sin pretender dictar sentencias desde la calle.

Solo así podremos construir un país donde la justicia sea realmente justicia, se deje trabajar de manera independiente a los sistemas de justicia y la democracia, más que un espectáculo, sea una forma de vida. Algo normal de sociedades civilizadas.

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